¿Codiciosamente estúpidos o estúpidamente codiciosos?
En el Protágoras, Platón afirma que «nadie obra mal voluntariamente». Según él, el mal surge de la ignorancia: quien conoce el Bien, actúa en consecuencia. Por tanto, la maldad sería un efecto colateral de la ignorancia moral.

Siglos después, la modernidad nos deja otra advertencia: «Nunca atribuyas a la malicia lo que puede explicarse por estupidez». Esta frase, conocida como la Navaja de Hanlon, sugiere evitar teorías conspirativas cuando una explicación más sencilla, como la torpeza, es suficiente. El principio funciona razonablemente bien para la vida cotidiana, donde la mayoría de los desencuentros y errores responden, en efecto, a descuido más que a maquinación.
Sin embargo, cuando la mirada se traslada al ejercicio del poder político, el cálculo cambia. Cualquier persona que haya prestado atención suficiente a la política habrá notado que la aparente desfachatez, falta de sentido común y afirmaciones absurdas de ciertos políticos perjudican primero a la mayoría, mientras que ellos se benefician en última instancia. Por muy ridículo que parezca escucharlos asegurar que las vacunas contienen mercurio y causan autismo, negar la responsabilidad humana en el cambio climático, o sostener que la Tierra es plana en el siglo XXI, somos nosotros quienes primero sufrimos sus consecuencias, mientras ellos se posicionan para beneficiarse, sea cultivando una base electoral cautiva, sea recibiendo apoyo de industrias que prosperan en la confusión. De esta observación extraigo mi propia versión, que no contradice a Hanlon sino que la complementa para un dominio específico: «Nunca atribuyas a la estupidez lo que puede explicarse por codicia».
En política, esto resuena con fuerza. Cuando alguien defiende lo indefendible, como negar evidencia científica robusta, o hacer declaraciones absurdas como «impedir que los ríos lleguen al mar para no desperdiciar el agua», uno inevitablemente se pregunta: ¿realmente son tan tontos o hay algo más? Porque, seamos honestos, muchas veces la estupidez no es un error inocente, sino una estrategia calculada. La ignorancia, entonces, resulta perfectamente funcional al deseo de poder, dinero o influencia. Y conviene precisar que esto no tiene partido: la codicia no se inscribe en una vereda ideológica particular, opera donde encuentra terreno fértil, sea a izquierda, a derecha, o en cualquier sector que disponga de los resortes del poder.
Llegados aquí, conviene volver a Platón, porque el filósofo griego ofreció hace veinticinco siglos un marco que sigue iluminando lo que observamos hoy. Platón sostenía que el alma humana se compone de tres partes: la racional (que busca la verdad y el bien), la irascible (orientada al honor y al coraje) y la concupiscible (que persigue los placeres y los deseos). Él consideraba que los gobernantes ideales debían ser filósofos, no necesariamente por poseer una inteligencia superior, sino porque en ellos predominaba el dominio de la parte racional sobre las otras. Cuando esto no sucede, la justicia y el orden se pervierten.
Aquí es donde las dos mitades del argumento se encuentran: lo que la fórmula contemporánea llama codicia es, en términos platónicos, el predominio de la parte concupiscible sobre la racional. Cuando quien gobierna se deja conducir por el deseo (de poder, de dinero, de prestigio) y no por el discernimiento del bien común, lo que la observación moderna detecta como cálculo cínico disfrazado de torpeza, Platón lo describe como inversión del orden anímico. El diagnóstico es el mismo bajo distintos vocabularios. Y de ese predominio, según el filósofo, se desprende un ciclo degenerativo de los regímenes:
- Aristocracia, gobierno de los sabios, que degenera en
- Timocracia, gobierno del honor, que a su vez degenera en
- Oligarquía, gobierno de los ricos, seguida por
- Democracia, gobierno del deseo sin orden, y finalmente
- Tiranía.
El ciclo no es simple curiosidad histórica: describe el costo acumulado de permitir que la concupiscible gobierne en lugar de servir. Cada peldaño descendente representa un grado mayor de subordinación de lo común al apetito particular, y la tiranía no es sino el punto final donde un solo apetito, sin contrapeso alguno, se impone sobre todos los demás.
Por eso, cuando observamos a un político defender lo indefendible con cara de no entender lo que dice, conviene recordar las dos navajas: la de Hanlon, que nos pide no ver malicia donde basta torpeza, y esta otra, más severa, que nos pide no ver torpeza donde la codicia explica mejor la conducta. La pregunta de fondo, al final, no es si son codiciosamente estúpidos o estúpidamente codiciosos. La pregunta es cuánto tiempo más estamos dispuestos a fingir que no lo notamos.
efectivamente se dijo.


